Las cremas faciales o corporales son tan antiguas como la
historia de la humanidad.
Hace más de 2000 años las mujeres romanas se cuidaban con
coquetería y aspecto era algo primordial.
Utilizaban gran variedad de cosméticos, maquillajes y
perfumes.
Y dedicaban mucho tiempo al aseo, vestimenta y peinados
imposibles.
Aunque, sin duda, el cuidado del cutis era lo esencial.
Los cánones de la belleza romana aconsejaban a la mujer
tener una piel impecable y, sobre todo, blanca. Esto último se consideraba un
signo de sofisticación.
Prueba de ello es el hallazgo de un pequeño tarro encontrado
en el yacimiento de un templo romano en Inglaterra.
El potingue, media unos seis centímetros de diámetro y conserva aún las huellas de su propietario o propietaria. Estaba en muy buenas
condiciones y apenas tenía signos de descomposición. Eso sorprendió a los
arqueólogos, que nunca habían visto un cosmético tan bien conservado.
El tarro en cuestión se encontraba en perfecto estado, era
hermético, la tapa se ajustaba muy bien y estaba hecho de estaño, un metal
precioso en la época. Se utilizaba por sus propiedades no tóxicas en un tiempo
en que ya se sospechaba que el plomo era nocivo.
El hallazgo dejaba claro que el antiguo dueño o dueña de la crema
era alguien de alto nivel adquisitivo.
Parecía un ungüento para blanquear la piel. Lo que era el
gran objetivo estético de la Antigüedad.
Según los investigadores contenía grasa de vaca u oveja,
estaño y almidón. Determinaron que la crema era de alta calidad y muy parecida
a los cosméticos fabricados en la actualidad.
Todo hace suponer que se trataba de un cosmético muy
elegante y extremadamente sofisticado.
Para aquella época debió considerarse ¡lo máximo!

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