Los velatorios surgieron en la Edad Media para evitarles más
disgustos a los envenenados con bebidas alcohólicas o utensilios de cocina de
estaño, cuyos cuerpos tiesos como el de los muertos acababan bajo tierra por
error. Sus familiares permanecían en vela junto a ellos y pasados tres días,
como indicaban las santas escrituras, el finado era declarado como tal.
Aunque demostró más precisión que los médicos, el velatorio
resultó tardío para los ocupantes de ataúdes hallados con arañazos en su interior
al remover las tumbas. En cambio,
despertó pasiones entre quienes padecían catalepsia, ya que por su
inconsciencia y su débil respiración en ese estado, eran firmes candidatos para
un entierro prematuro.
Durante el siglo XIX, se crearon ciertos mecanismos para
ingresar oxígeno y activar campanas en las tumbas, por si el muerto necesitaba
anunciar su “resurrección”. Incluso el mentalista Washington Irving Bishop,
llevaba una nota donde advertía que era cataléptico, se salvó de su entierro
tras varios desvanecimientos, hasta que dio con un médico ansioso que le
extrajo el cerebro antes de hallar la nota en su chaqueta.
Autora: Laura de Chambuco


